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La cuestión tiene dos aspectos:
1. El ataque contra los
Estados Unidos. La capital política, Washington,
D.C., y el centro neurálgico de la economía,
Nueva York, fueron atacados en una muestra
premeditada, deliberada y cabalmente planificada
de aterradora violencia. Este aspecto incumbe a
la jurisdicción de los Estados Unidos. Fue un
acto de agresión contra ellos. Los Estados
Unidos, al igual que todos los demás países,
gozan del derecho de legítima defensa que les
confiere el Artículo 51 de la actualmente
paralizada Carta de las Naciones Unidas. Otros
instrumentos también les confieren ese derecho.
La legítima defensa es un derecho legítimo. Los
Estados Unidos poseen la fuerza suficiente para
ejercer ese derecho. No necesitan ayuda de nadie
para defenderse ni para perseguir a sus
enemigos. También son perfectamente capaces de
justificar por sí mismos sus acciones.
Ofrecerles ayuda a los Estados Unidos en una
cuestión de la que pueden ocuparse por sí mismos
equivale a un servilismo hipócrita.
2. El fenómeno del
terrorismo no es una cuestión que preocupe
exclusivamente a los Estados Unidos. Preocupa al
mundo entero. Los Estados Unidos no pueden
combatirlo por sí solos. No es lógico, razonable
ni productivo encomendar esta tarea en forma
exclusiva a los Estados Unidos. Es una tarea que
requiere cooperación internacional y acción
conjunta en el plano mundial.
Lamentablemente, existe una
confusión generalizada y un profundo
malentendido respecto de esta cuestión. La
cooperación en la lucha contra el terrorismo no
es un servicio que se les brinda a los Estados
Unidos. Es un acto de legítima defensa para
todos y cada uno de nosotros. Es una amenaza que
nos afecta a todos independientemente de que los
Estados Unidos hayan sido atacados el 11 de
septiembre. Los Estados Unidos no deben
recompensar a quienes se sumen a la guerra
contra el terrorismo, porque la lucha contra ese
mal no es un servicio que se les brinda a los
Estados Unidos. Es un acto a favor de los
propios intereses del que participa. ¿A quién de
nosotros le gusta el terrorismo? ¿Quién de
nosotros desea vivir, o desea que sus hijos y su
país vivan, en un mundo en el que el terrorismo
goza de rienda suelta? El terrorismo es un
flagelo horrendo.
Lamentablemente, una vez más, se
registra una amplia dualidad de criterios que ha
llevado a una confusión igualmente amplia en el
plano mundial. ¿Cuál es el objetivo de nuestra
acción? ¿Apunta a ayudar a los Estados Unidos a
defenderse, a vengarse y a castigar a los que
los atacaron el 11 de septiembre? ¿O apunta a
lograr la aprobación de un programa
internacional encaminado a combatir el
terrorismo y, en última instancia, a eliminarlo?
Existe una clara
diferencia entre ambas situaciones. La
hipocresía, el temor y la codicia son las causas
de esta confusión. Algunos se han negado
tozudamente a sumarse a la batalla contra el
terrorismo porque esa batalla se confundió con
la idea de defender a los Estados Unidos o se
hizo sinónimo de sumárseles en su guerra contra
el Afganistán. Otros se precipitaron a
participar en el ataque contra el Afganistán. No
los impulsó el hecho de que estén en contra del
terrorismo; antes bien, se han sumado porque
están en contra del Talibán por sus propios
motivos. Podrían haberse sumado por codicia, por
temor o por hipocresía.
En estas circunstancias, tenemos
que ser genuinamente transparentes. Los que
deseen cooperar con los Estados Unidos o aliarse
a ellos para atacar a sus enemigos deben decirlo
claramente. No es la primera vez, ni será
tampoco la última, que algunos países crean una
alianza para ayudarse entre sí. Todo Estado
tiene el derecho de adoptar la decisión soberana
de sumarse a los Estados Unidos contra el
Afganistán o contra Bin Laden pese al hecho de
que los Estados Unidos no necesitan la ayuda de
nadie para defenderse ni para vengarse, como ya
señalé. No obstante, cuando se trata del
terrorismo, la cuestión es totalmente diferente.
Para combatirlo, nos necesitamos mutuamente.
Para derrotarlo, necesitamos la cooperación
internacional y una nueva política internacional
de largo plazo.
Pese a ello, la cuestión del
terrorismo es tan vasta y tan compleja que creo
que nos engañaríamos si pensáramos que podemos
abordarla en todos sus aspectos.
Abordemos ante todo la pregunta:
¿qué es el terrorismo? Estoy seguro de que no
vamos a estar de acuerdo respecto de la
definición. Si logramos llegar libremente a una
definición transparente de terrorismo, habremos
sentado las bases de un nuevo mundo que estaría
libre de él. ¡Sería un verdadero milagro!
Sin embargo, estoy seguro de que
no lograremos ponernos de acuerdo respecto de
una definición de terrorismo. El motivo es
claro. Lo que a mí puede parecerme un acto de
terrorismo, para mi adversario podría ser algo
deseable. Abundan las pruebas al respecto. Por
ejemplo: un joven fue entrenado en Peshawar.
Luego, entró en acción en el Afganistán.
Posteriormente, los servicios de inteligencia
británicos le asignaron la tarea de asesinar a
Al Gadafi en la creencia de que al liquidar la
Revolución se lograría la rendición de Libia.
Libia entregaría a los sospechosos del caso
Lockerbie. El hombre intentó llevar a cabo su
misión ante los ojos del mundo entero. No
obstante, el Todopoderoso intervino e hizo que
la bomba se congelara y no detonara. Fue
verdaderamente un acto divino. Si la bomba
hubiese detonado, gran cantidad de personas,
entre ellas familias enteras, habrían hallado la
muerte en la tarima.
El terrorista confesó todo lo
que yo acabo de decir. El oficial del Servicio
de Inteligencia británico también confesó. Fue
un acto de terrorismo contra mi persona
planificado por los servicios de inteligencia
británicos, en cooperación con personas que
habían regresado del Afganistán. Quienes me
consideren su adversario no verían el hecho como
un acto terrorista. Por el contrario, lo verían
como un acto deseable que habría que alentar. No
me considero adversario de Gran Bretaña ni de
ese joven afgano-libio. Me considero una víctima
errónea del terrorismo. La otra parte tiene su
propia justificación. Así pues, estamos en
completo desacuerdo respecto de la definición de
terrorismo.
Hablo con total transparencia
porque no tengo nada que temer. No codicio nada
y no soy hipócrita. Soy la voz de una conciencia
internacionalista y genuina. Sé que la situación
del mundo puede cambiar, pero el mundo no ha
cambiado. Tenemos el deber de transformarlo en
un mundo bueno.
Por lo tanto, tenemos que
establecer una clara distinción entre los
preparativos que se están llevando a cabo contra
el Afganistán, aparentemente como resultado
directo del horrendo acto del 11 de septiembre,
por un lado, y la lucha contra el terrorismo en
el plano mundial, por el otro.
La primera cuestión es una
responsabilidad que incumbe a los Estados
Unidos. La segunda es responsabilidad del mundo
entero. No habrá excusas para la falta de
cooperación, o siquiera la falta de alianza, en
la lucha contra el terrorismo una vez que nos
hayamos puesto de acuerdo sobre su definición y
sobre sus causas profundas. El hecho de sumarse
a esta tarea, o incluso la demora en hacerlo,
implica poner en peligro el futuro de la
humanidad. Implica también decepcionar a las
generaciones futuras.
El terrorismo es un hecho. Es un
acto justificable para quienes lo cometen. He
ahí el origen del peligro. Si se logra una
solución satisfactoria para la cuestión de
Irlanda del Norte, será el final de lo que Gran
Bretaña llama violencia y terrorismo irlandeses
y de lo que el Ejercito Republicano Irlandés
llama lucha legítima. Si se logra una solución
similar para la cuestión de Palestina, será el
final de lo que los israelíes llaman terrorismo
palestino y de lo que los palestinos interpretan
como una legítima lucha armada. La enemistad
entre los Estados Unidos y los árabes también
desaparecerá. Pero, ¿son esas las únicas causas
del terrorismo? La respuesta es “en absoluto”.
Hay muchas otras causas. Hay muchos otros grupos
que recurren al terrorismo, no sólo en Palestina
y en Irlanda del Norte. Por ejemplo, hay grupos
que albergan resentimientos en Filipinas, en
Chechenia, en Cachemira, en el Tibet, en el País
Vasco y en Córcega, así como también los
tamiles. Esta lista no es exhaustiva.
¿Cómo podrían Rusia, los Estados
Unidos y Arabia Saudita ponerse de acuerdo
respecto de una definición de la situación
imperante en Chechenia? Rusia considera que es
un caso de terrorismo y un complot contra su
unidad. Los Estados Unidos consideran que es una
represión del derecho a la libre determinación y
de los derechos humanos. En las mezquitas de
Arabia Saudita se la describe como una Jihad
sagrada y se reza por la victoria. Yo creo que
es una conspiración contra los musulmanes de
Rusia para aislarlos, para disminuir su
condición jurídica y para privarlos del derecho
a ser ciudadanos de una Potencia nuclear. Como
ciudadanos rusos con derecho a ocupar los más
altos cargos en su país, los musulmanes rusos
podrían algún día gobernar esa Potencia nuclear.
Separarlos de Rusia equivaldría a privarlos de
esa posibilidad. Lo mismo ocurrió con los
musulmanes de Bosnia y Herzegovina. Se
convirtieron en una minoría en su república. En
una época supieron ser ciudadanos yugoslavos.
Uno de ellos, Jamal El-Din Padic, fue Primer
Ministro de Yugoslavia, el segundo hombre
después de Tito, por el solo hecho de ser
ciudadano yugoslavo. Ahora, los musulmanes no
pueden llegar a ese alto cargo, ni siquiera en
la propia Bosnia. Por lo tanto, la separación de
Bosnia fue una conspiración y una catástrofe
para sus musulmanes. Lo mismo sucede en
Chechenia.
Supongamos, en aras del debate,
que se solucionaran esos problemas. Seguirían
existiendo los grupos que recurren a la
violencia y al terrorismo en América del Norte,
en América del Sur, en Europa y en el Japón.
Supongamos que logramos eliminar también esos
grupos. Aún existirían la Mafia y las pandillas
de las drogas. Si de alguna manera lográramos
derrotarlas, aún quedarían otros grupos
malvados. Están los que falsifican dinero (hay
más de 500 mil millones de dólares falsos en
circulación), los que se dedican al blanqueo de
dinero, y los que se dedican al tráfico de
mujeres y de niños. ¿Y qué hacer con los
disconformes, como los que protestan en Seattle,
los que no tienen empleo, los que fueron
despedidos de su empleo, y los pobres? Hay
también otras causas, tales como el crecimiento
demográfico desmedido, la migración, las
minorías, los choques entre religiones y entre
culturas, los científicos rebeldes, los piratas
informáticos y las guerras con virus
electrónicos y biológicos. La lista es larga.
Abordemos en primer lugar el
caso de Gran Bretaña. Algunos creen que los
jóvenes que fueron entrenados en Peshawar,
fueron al Afganistán, se sumaron a Bin Laden y
luego viajaron a todos los rincones de la Tierra
son miembros de la organización a la que se
llama Al-Qaeda. Si eso es verdad, tenemos que
decir que Gran Bretaña alberga al mayor número
de esos jóvenes. Tenemos pruebas de ello, si el
mundo desea cooperar. ¿En verdad vamos a atacar
las bases del terrorismo y a los países que
albergan terroristas? No lo creo, a menos que
vayamos a decir que vamos a atacar a todos los
países que dan albergue a terroristas con
excepción de Gran Bretaña. Entonces, volvemos a
los dobles raseros y alteramos el consenso
internacional contra el terrorismo. Esta es una
manera segura de perder la guerra contra el
terrorismo. Tony Ben, el patriarca y Presidente
del Partido Laborista británico, dijo: “Si los
Estados Unidos respaldan a Israel por temor a
los judíos estadounidenses, en Gran Bretaña
deberíamos ponernos del lado de los terroristas,
porque les tememos a los más de siete millones
de musulmanes británicos”. El Jefe de los
servicios de inteligencia británicos fue aún más
allá que Tony Ben. Eso es lo que hizo que los
países árabes se preguntaran si ellos podrían
ser aliados más estrechos de los Estados Unidos
que Gran Bretaña. ¿Cuál es la diferencia entre
Gran Bretaña y el Afganistán? Veamos lo que los
Estados Unidos harían con Gran Bretaña primero.
La confusión entre el derecho de
los Estados Unidos a adoptar represalias ante un
ataque terrorista cometido contra ellos y
nuestro derecho colectivo de combatir el
terrorismo hará abortar la acción internacional.
La confusión entre Bin Laden, el Talibán, el
terrorismo y el Islam tendrá el mismo efecto. El
apuro por tomar medidas contra el terrorismo en
un entorno eclipsado por el derecho de los
Estados Unidos a defenderse hará que la acción
internacional carezca de sentido y hará que se
pierda la posibilidad de adoptar un programa
mundial que se ocupe de las causas del
terrorismo y de la manera de combatirlo en el
plano internacional. El terrorismo es nuestro
enemigo común. No es enemigo de los Estados
Unidos exclusivamente. A los Estados Unidos no
les conviene confundir una tarea y una
responsabilidad internacionales con la
responsabilidad nacional que les incumbe ante su
pueblo. Creo que el error radica en el intento
de clonar la segunda guerra del Golfo. No se la
puede clonar. Lo que ocurrió entonces no se
aplica a la situación actual. La situación
actual es el resultado de la instigación de una
larga lista de hipócritas que han alentado al
Gobierno de los Estados Unidos para que
confundiera las cosas. Asimismo, lo han alentado
a actuar de manera precipitada en cuestiones que
se deberían aplazar, y a aplazar cuestiones que
se deberían haber abordado con prontitud.
Todo intento de reproducir lo
que ocurrió en la denominada segunda guerra del
Golfo sería un error. Lo que sucedió entonces
fue que un Estado ocupó otro Estado. Esa acción
no estuvo dirigida contra los Estados Unidos.
Los Estados Unidos no eran el país ocupado. No
obstante, Kuwait les pidió ayuda a los Estados
Unidos y al mundo. Por consiguiente, existió la
necesidad de involucrar al mundo entero desde el
punto de vista moral y político. También resultó
necesario involucrar a las Naciones Unidas por
motivos relacionados con el derecho
internacional. La premisa fue que la cuestión
afectaba al mundo entero. No fue una
responsabilidad exclusiva de los Estados Unidos.
Ahora, la situación es diferente. El ataque del
11 de septiembre estuvo dirigido exclusivamente
contra los Estados Unidos. Los Estados Unidos
tienen derecho a adoptar represalias y están en
condiciones de adoptar represalias. Es
inconcebible que los Estados Unidos acudan al
mundo para que los ayude a luchar contra el
Afganistán o contra Bin Laden. La guerra contra
el terrorismo es una responsabilidad mundial. No
puedo imaginarme cómo un Estado responsable
podría dejar de sumarse a la guerra contra el
terrorismo. Pero hoy oímos hablar de que algunos
Estados han acordado sumarse y otros no lo han
hecho. Esto se debe a la confusión entre el
apoyo a un país en su lucha contra sus enemigos
y la lucha mundial contra el terrorismo, nuestro
enemigo común.
¿Estamos contra el Islam?
¿Estamos nosotros, árabes y musulmanes, contra
el Islam? ¿Acaso todos los que se oponen a Bin
Laden están contra el Islam? ¿Acaso todos los
que se oponen al Talibán están contra el Islam?
Esta visión errónea es consecuencia de la
confusión entre el derecho de los Estados Unidos
a la legítima defensa y el deber mundial de
combatir el terrorismo. No todos los que se
oponen a Bin Laden o a la así llamada Al-Qaeda
están contra el Islam. No todos los que se
oponen al Talibán están contra el Islam. No creo
siquiera que estemos en contra de Bin Laden en
el plano personal. Tampoco estamos en contra de
sus hombres, que fueron entrenados por los
enemigos de la ex Unión Soviética, ni estamos en
contra del Talibán como una de las facciones
afganas. A lo que nos oponemos es a la herejía
que ha surgido en esa región, una herejía
similar a la que surgió en los tiempos de los
Califas Guiados y fue la causa de que tres de
ellos –Omar, Othman y Ali- fueran asesinados.
Somos las víctimas de los ataques, los
asesinatos y el terror que perpetran esos
grupos, que salieron subrepticiamente de
nuestros países para viajar al Afganistán como
mercenarios. Fueron allí para luchar contra el
ejército soviético en nombre de otros. Lo
hicieron a pesar de que el ejército soviético
entró en el Afganistán por pedido del propio
Gobierno afgano, que estaba a favor de Moscú.
Eso es exactamente lo que está sucediendo ahora.
Hay ejércitos extranjeros que están ingresando a
la región por pedido de sus propios gobiernos.
Esa fue la excusa que invocó Bin Laden en su
entrevista televisiva.
Esos grupos regresaron para
sembrar el caos en nuestros países. Se dedicaron
a matar a todos aquellos que se les cruzaron en
el camino. No se libraron ni siquiera las
mujeres y los niños. Querían impulsar un
llamamiento que subvierte la fe musulmana y
disemina una onda de comportamiento destructivo.
Acusan de apóstatas a todos aquellos que no
comparten sus creencias, a pesar de su
indulgencia ante todas las formas de pecado
cardinal. Todo lo que desean es ir
inexorablemente hacia lo desconocido. No tienen
doctrina ni objetivos claramente definidos. Todo
lo que conocen es la tortura insana y el
asesinato. Todo lo que pueden hacer es repetir
como loros palabras carentes de significado y
que no entienden, tales como “taghoot”.
“Taghoot” es una palabra imprecisa que significa
adorar a una entidad distinta de Dios. La usan
para describir a personas, pese a que no se la
puede utilizar de esa manera en árabe. Usan
también las palabras “Sharía islámica”, que
también son imprecisas. Son un significante sin
significado.
Estamos en contra de esos
grupos. Los combatiremos, tal como ellos nos
combaten a nosotros. Somos más fuertes que
ellos, porque defendemos la sociedad civilizada
y defendemos la religión ante la ola de herejía
y destrucción que han desatado. Se trata de un
acto necesario de legítima defensa.
También luchamos contra ellos
porque no aceptamos un nuevo califato. No nos
someteremos a la voluntad de un califa que nos
gobierne por mandato divino. Dios no le ha dicho
que lo haga. No tiene contacto con Dios. Ya no
somos tan ingenuos para pensar que el Califato
ha sido dispuesto por Dios. El Califato es una
desviación de la fe. Toda desviación es una
aberración. Las aberraciones, y quienes las
promueven, están condenados al infierno. El
Califato es una aberración, y también lo es la
herejía. El Profeta nunca designó un
representante ni un sucesor. Nunca oímos hablar
de un “viceprofeta”, con excepción de Aarón, que
fue designado por Dios para que ayudara a
Moisés. Nos oponemos a la herejía y a las
aberraciones del Califato y del terrorismo.
¿Cuál es la posición de Bin Laden y del Talibán
al respecto? Sólo Dios lo sabe. Pero esa fue una
puerta que se abrió ante los ingenuos, los
ignorantes e incluso los bienintencionados.
Entraron por esa puerta y fueron a luchar como
mercenarios, en la creencia de que eran
mujahideen. Ahora, están pagando las
consecuencias. Ahora puede abrirse una puerta
similar ante los mismos grupos desorientados y
fáciles de explotar. Quizás se desilusionen. En
ese caso, regresarán a sus países e irán a los
propios Estados Unidos a perpetrar actos de
terrorismo y de insania, al igual que sus
predecesores. En ese momento, cosecharemos lo
que hemos sembrado, exactamente como ocurrió la
primera vez. He cumplido con mi deber y he
formulado la advertencia.
Afrontamos retos nuevos,
complejos y muy amplios. La sensatez indica que
debemos contemplarlos desde una perspectiva
civilizada, humana y objetiva, libre de sesgos
religiosos, étnicos, lingüísticos y geográficos.
Las tendencias chovinistas, los modelos
perimidos, los misiles y las bombas no sirven
para enfrentar estos retos.
Debemos examinar todo. No debemos apostar a
nada. Porque no tenemos nada a nuestra
disposición.
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