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Heinz Dieterich
1.10.2009
El gobierno chino desplegó 52 de los más
avanzados sistemas bélicos del mundo este
primero de octubre en Beijing. Misiles cruceros
de largo alcance para ataques de precisión;
cohetes nucleares balísticos; aviones de
reconocimiento electrónico de largo y mediano
alcance (AWACS); aviones de combate J-10;
helicópteros; radares; equipo para la guerra
cibernética y tanques y fuerzas especiales.Todo
Made in China. Un puño militar que mandó
un claro mensaje al Pentágono y a la Casa
Blanca: hemos alcanzado el poderío militar
defensivo suficiente para enfrentarlos en la
guerra convencional, la irregular, la
estratégica y la comunicativa, y en cualquier
teatro de guerra de Euroasia.
El motivo de esa manifestación de poderío bélico
no fue una burda demostración de fuerza, sino la
optimización propagandística del 60 aniversario
de la fundación de la República Popular de
China, por Mao Tse Dong. Como tal se integra en
una bien pensada estrategia de medidas
mediáticas que en los últimos dos años ha
establecido la imagen de China como la de una
superpotencia mesurada, que participa
responsablemente en la solución de los grandes
problemas de la sociedad global, desde la crisis
económica mundial, vía la destrucción
climatológica y ecológica, hasta los conflictos
en el campo nuclear (Corea del Norte, Irán).
Los enormes éxitos mediáticos del ascenso chino
al status de superpotencia del sistema
mundial, comenzaron con los espectaculares
Juegos Olímpicos del año 2008, continuaron con
la celebración de la fundación nacional y
seguirán con la Expo Mundial 2010 en Shanghai.
Sin embargo, aunque el manejo público de esos
eventos ha sido muy inteligente, la base real de
la nueva imagen de China en el mundo son sus
saltos cualitativos en lo económico, social,
científico y político.
China, cuyo PIB per capita fue de 51 dólares a
inicios de los cincuenta, ha superado ahora el
PIB de Alemania y superará probablemente el de
Japón en el siguiente año, para convertirse en
la segunda economía más grande del globo. Pese a
que su población ha crecido de 540 millones de
personas en 1952, a 1.3 mil millones, el PIB per
capita alcanza hoy día 2.800 dólares, llegando
en las grandes ciudades a alrededor de 7.000
dólares. La expectativa de vida se ha duplicado
(36.5 a 73.4 años), la pobreza ha sido reducida
en cientos de millones de personas y la
mortalidad maternal (por 100.000) ha descendido
de 1.500 a 34.2. Fueron laboratorios chinos que
produjeron las primeras vacunas contra el virus
de influenza A/H1N1, antes que cualquier
corporación transnacional occidental y fue China
el primer país que superó la crisis económica
mundial, creciendo este año entre un 8 y 9 por
ciento y bajando el desempleo con masivas
recontrataciones de trabajadores. De ahí que no
sorprende que una encuesta de la BBC con la
Universidad de Maryland mostró que el 88% de los
ciudadanos chinos está “de acuerdo o conforme”
con las acciones del gobierno tomadas contra la
crisis, a diferencia, por ejemplo, de los
brasileños con 59%.
Ante este panorama de poder internacional los
incesantes intentos de la CIA de generar
conflictos a través de los problemas de Xinjiang
y Tibet, no son más que actividades pueriles de
posguerra fría. No tendrán éxito. Si el Partido
Comunista de China (PCCh) logra desarrollar la
excelente política de Hu Jintao por unos 15-20
años más con sucesores presidenciales tan
capaces como el actual mandatario, entonces
desplazará sin duda a Washington del primer
lugar de la jerarquía mundial en ese lapso de
tiempo.
Un factor clave en esa tendencia de evolución es
el carácter político de ambos sistemas.
Washington es una potencia mundial en descenso
que carece de un Charles de Gaulle para
descolonizarla, asignarle un lugar posible y
viable en el nuevo orden multipolar y devolverle
a su régimen totalmente oligarquizado la
capacidad de renovación e innovación que ha
perdido. Estados Unidos está bajo la tiranía de
una oligarquía que bloquea cualquier reforma
estructural sistémicamente vital, como el
sistema de salud, la energía y el complejo
militar-industrial, entre muchas otras.
La clase política china, en cambio, pese a no
operar vía un sistema burgués multipartidista y
parlamentario, ha mostrado una extraordinaria
capacidad de adaptación a las grandes
transformaciones globales de los últimos 60
años. Confiados en que el PCCh no perderá esa
capacidad en los próximos 15 años, podemos
prever que en 2025 la República Popular de China
será la primera potencia del mundo. ¡Quinientos
años de dominación occidental están llegando a
su inexorable fin! |